EL SUJETO EVANESCENTE



Javier Hontoria




    En una primera aproximación al trabajo de Fran Mohíno, debemos subrayar cómo su obra de estos últimos años ha evolucionado siguiendo una serie de pautas que indagan en las posibilidades conceptuales de la imagen, fundamentalmente en su vertiente fotográfica. Las reuniremos, en un primer análisis, en torno a un eje central, de gran riqueza semántica, que ha estado presente en sus series más recientes: la reflexión en torno al lugar y el rol del individuo en la era contemporánea y, más concretamente, aquél que desarrollan las sociedades occidentales. Habría preferido utilizar otra sintaxis, otorgarle un mayor crédito al individuo subrayando cómo éste se desarrolla en el mundo de hoy, pero no debemos pasar por alto cómo estas sociedades, al decir certero del propio Mohíno, son ya diestras en la fabricación de individuos que no son sino “construcciones culturales que adoptan las funciones de patrón abstracto sobre el que desplegar sus mecanismos de poder”.


    Se enmarca esta reflexión en una lectura crítica de los sistemas relacionales, del comportamiento del ser humano en el entorno dado, que Mohíno sitúa en contextos diversos que mucho tienen que ver, como veremos, con la idea del juego. Las claves están en las reglas que el artista construye para poder participar en ellos, en el lenguaje necesario para entenderlos. Encontraremos estas reglas en muy distintos escenarios como parques de recreo, paisajes intervenidos, estructuras de corte arquitectónico o motivos vegetales. Pero es necesario puntualizar aquí una cuestión de peso. A pesar de la relación con el juego y la apariencia desenfadada de muchos de sus trabajos, la realidad que subyace es otra. El trabajo de Fran Mohíno es un azote a los sistemas bienpensantes, un cuestionamiento imperturbable de los valores que sostienen una sociedad envilecida que se traduce en una visión varada en el desasosiego. Digámoslo claramente: su obra es dura y violenta, casi patológica. Y detrás de la claridad formal y luminosidad formal sorprende una inquietante y a menudo dolorosa conciencia del mundo. Sus trabajos producen tensiones irritantes como exasperantes pueden ser las tramas fílmicas de los hermanos Dardenne, los movimientos musicales de Daniel Johnston o la prosa de Thomas Pynchon, estos dos últimos, claros referentes para el artista. En este sentido, la música de Daniel Johnston, artista estadounidense que sufre trastornos bipolares, ha sido calificada significativamente como un mundo espeluznante oculto tras su fachada naif, un mundo siniestro que en su caso está determinado por el amor no correspondido. Por eso es muy necesario detenerse ante la obra de Fran Mohíno y no deleitarse en la apreciación primera. Avanzaremos también una cuestión formal básica: si desde los inicios de su trayectoria se ha tendido a situar a Fran Mohíno en relación con los lenguajes fotográficos, Who Loves You Dear?, su exposición en el CAB de Burgos abre rotundos y sugerentes caminos hacia lo escultórico. Así lo confirma la instalación What's Your Level?, que más que ocupar invade, implacable, la totalidad del espacio central.


    Y sin embargo, a pesar de esta nueva cualidad escultórica, de tan fuerte presencia en algunos casos, estos trabajos aquí reunidos no son sino una sucesión de fragmentos que insistirán permanentemente en reafirmarse en lo que son, fracciones de realidad que en ningún caso nos llevarán a lograr la percepción de un “todo”. Un diálogo entre diferentes trabajos de Fran Mohíno es un encadenamiento de lecturas sesgadas que es, para el artista, la herramienta más lógica y fiable con la que alcanzar sus objetivos. Cimentados sobre una sólida base alegórica, estas obras inciden en un escepticismo ante el valor del hombre como individuo, como sujeto en relación a aquéllos de su misma naturaleza que nacen, evolucionan y mueren en un mismo escenario. La crisis del individuo tiene que ver con el escaso papel que representa en las sociedades contemporáneas, fundamentalmente occidentales, a pesar de la importancia que el engranaje del poder dice (necesitar) atribuirle. Se nos dice que la gran virtud de la democracia es que la soberanía reside en el pueblo y que, por consiguiente, todos valemos lo mismo en el conjunto global de la sociedad. 6.650 millones de idénticas partículas y subiendo, a un ritmo infernal. 6.650 millones de partículas silenciadas al calor de la feliz unión entre capitalismo y democracia. Peter Sloterdijk pone en boca de Heidegger que “aunque democracia signifique poder del pueblo, en el fondo no es más que una palabra clave para una fatalidad todavía por pensar, cuya tarea consiste en la destrucción de aquello que, presuntamente, era lo que tenía poder: el pueblo, en su sentido tradicional y premoderno”. Siguiendo esta línea conceptual, Fran Mohíno otorga al sujeto contemporáneo el dudoso valor de un mero número (que tiene el mismo valor que un voto).


    Del mismo modo, la idea de que la mayor felicidad del individuo está asociada con la negación de sí mismo sobrevuela la obra de Fran Mohíno, y es visible en praxis e iconografías dispares. Es en una suerte de desdoblamiento, en el escapar de los límites del “yo”, cuando se comienzan a obtener resultados. En dos de los trabajos que aquí se muestran vemos una alusión directa al universo infantil, que es, significativamente, y a pesar de la existencia de los progenitores, un mundo sin dueños. En los parques de recreo los niños vagan sin conciencia plena de lo que ahí ocurre. Escapan los niños de sí mismos y permanecen absortos en un estado de paz y serenidad que a los adultos nos parece muchas veces envidiable.  Dos de los trabajos recientes, decía, pertenecientes a la serie The Kid Of The Playpark And His Girlfriend, son polípticos de imágenes de columpios y balancines impresas sobre aluminio y agrupadas en un montaje de apariencia decididamente tosca. A través de un aparatoso sistema de tenazas de ajuste rápido, tornillos y tacos de madera, las imágenes se encaraman en diversos niveles sin perder nunca su vinculación al suelo y a los muros como con la urgencia de aferrarse al espacio buscando una relación íntima con la arquitectura. Es visible aquí la idea de construcción y la voluntad objetual, escultórica, del conjunto. Sobre estas imágenes se proyecta una animación con signos que quieren ser lenguaje, uno sobre cada imagen y arranca así una secuencia giratoria, un movimiento circular que no llega a revelar solución semántica lógica y se detienen en un mero balbuceo, un querer y no poder comunicarse. El haz de luz, intermitente, produce significantes arbitrarios, un lenguaje quebrado, incompleto e ininteligible.



    En un plano similar situaremos los paisajes intervenidos de las series Jogging In Your Garden y Sounds In Your Garden. En la primera, Fran Mohíno proyecta sobre imágenes fotográficas de paisajes leyendas que siguen la trayectoria que dictan las formas de la naturaleza: arbustos, ramas y árboles. La luz, de nuevo, convertida en lenguaje, dinámico y musical, pero incongruente en igual medida. De modo elocuente, resulta difícil seguir la línea/leyenda y la imagen a un tiempo: la primera seduce, eclipsando a la segunda. Por otro lado, Sounds In Your Garden muestra líneas también sinuosas que recorren el paisaje pero aquí no se trata del lenguaje proyectado sino de líneas que difuminan las formas del paisaje desde un tratamiento digital. Entra aquí en liza la sexualidad, concebida no de un modo convencional si por ello entendemos la unión de dos personas en un acto unitario y homogéneo, la explosión simultánea del placer compartido. El diccionario habla del amor como de un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita, busca y encuentra el encuentro y unión con otro ser”. Sin embargo para Fran Mohíno, el sexo, como materialización del amor, funciona a la inversa pues, en su culminación, hace perder la conciencia al individuo, sacándolo, de nuevo, fuera de sí, lejos del habitual y ansiado clímax común.




    Estas líneas que recorren y desdibujan las formas del paisaje son metáfora de la disolución de los contornos de la individualidad. El sujeto difuminado, de límites imprecisos es, así, más proclive a la felicidad. Y para encontrar la senda correcta a esa felicidad es necesario asumir la realidad de nuestro destino que no es otra que nuestra desaparición. La satisfacción y el bienestar, nos cuenta Mohíno, residen en la aceptación de que caminamos indeclinablemente hacia la evanescencia. Esto nos devuelve a la cita de Heidegger a la que antes aludíamos. Vivimos una época en que los sistemas de poder producen individualidades concretas, de contornos bien definidos. No interesa la dispersión y se impone la concentración en pos de un contexto adecuado de dominación. Se suele hablar del individualismo burgués como el escenario en el que el sistema aísla al sujeto con la firme intención de que negocien su propio camino para convertirse, desde el empeño arduo y solitario, en lo que quieren ser. Pero al mismo tiempo implica la delirante producción en masa de unidades grisáceas cuyo parecido al estereotipo deseado, fácilmente controlable, es alarmantemente fiel. En este sentido, al poder también le interesa que, en términos de la sexualidad, el individuo se mantenga en los contornos precisos. Lo explica el propio artista con claridad: “Para ellos [el poder] es imprescindible que la sexualidad abandone el aspecto lúdico y se inhabilite su capacidad de eludir la responsabilidad de mantenerse en los límites del constructo que es cada individuo”.




    Así, directamente vinculada a los “paisajes intervenidos” de Jogging In Your Garden y Sounds In Your Garden, encontramos la serie X Numbers, una serie de dibujos digitales impresos sobre un soporte de espejo. Son dibujos que, al requerir la interacción del espectador, aluden a una dimensión espacial que se sitúa cerca de lo escultórico y, como veremos, de la performance. Mohíno ha concebido un híbrido vegetal, la unión del cactus y la planta. Son imágenes sucintas, de línea esquemática, que se imponen sobre una superficie especular dejando visible zonas de espejo más o menos amplias. Vincula el artista en esta serie dos ideas fundamentales. De un lado, acude al mito de Narciso (e indirectamente, también, al de Pigmalión) para hacer referencia a una obsesión por su imagen reflejada. Asume este mito desde la interpretación que de él hace el mundo medieval, en la que el espejo (y en ocasiones, también, la fuente) es imagen y alegoría del amor en la literatura del amor cortés. Se hace visible así, siguiendo a Agamben, la presencia del fantasma como objeto y origen del amor. Fran Mohíno no sólo subraya la posibilidad de enamorarse de una imagen a la que no se puede acceder sino también, y lo que es más importante, la imposibilidad de obtener del reflejo una imagen integral de uno mismo. Es ahí donde interviene la fantasía, a la hora de buscar soluciones porque, como afirma el artista, “en la forma extravagante que se adopte estará en juego la satisfacción”. En segundo lugar, apoyados en esta idea de fragmento y de realidad sesgada, nos introducimos, de nuevo, en el concepto de individualidad.




    Requieren, como decía, estas formas vegetales híbridas montadas sobre espejos, la interacción del espectador. En fechas muy recientes, sin embargo, Fran Mohíno ha querido cuadrar el círculo de esta serie de la forma más coherente posible, enfrentándose él mismo a su reflejo fragmentado en una serie de fotoperformances. Para el artista no es en modo alguno frustrante no lograr una visión integral de su cuerpo desnudo. Muy al contrario, su propia imagen fragmentada es la más ilustrativa posible, la que otorga verdadero sentido a la obra.




    He querido esperar al final de nuestro recorrido para tratar la compleja y monumental What's Your Level?, trabajo central no sólo en su extraordinaria dimensión, sino también por que en él convergen todas las piezas a las que he hecho referencia hasta ahora. El armazón conceptual de este trabajo está en su estructura modular. Fran Mohíno ha diseñado un conjunto de piezas, formalmente idénticas, de 50.000 cm3. La estructura del CAB reúne veinte de ellas, formando un total de 1.000.000 cm3 en alusión alegórica (y ácidamente irónica) a la casa del millón de dólares, metáfora señera de las ambiciones de nuestra sociedad. Pero el ensamblaje de las veinte piezas apunta a una aspiración difícilmente alcanzable. El ensamblaje de sólo dos de esas piezas, ya sea sobre suelo, pared o techo, ya indica el nacimiento de algo, una relación, un lenguaje, la posibilidad de un intercambio, en suma. Impresas digitalmente sobre cada uno de estos módulos cuadrados de metacrilato se imponen líneas que describen un recorrido fragmentario, a la espera de la unión con otro módulo de su misma naturaleza con el que formar un recorrido de cierta lógica. La única regla del juego es la de crear una línea cerrada. Cuando esto ocurre, entran en funcionamiento los mecanismos relacionales y surge la unidad mínima de lenguaje, la única posibilidad de diálogo. Y, claro, a mayor número de piezas que uno logre amasar, mayor fortuna. Hablamos de un juego abierto, con unas reglas concretas, que tiene lugar en un espacio que absorbe al que participa, sustrayéndolo de la realidad y sumergiéndole en otra dimensión, como los niños que pierden la noción de sí mismos y de la realidad circundante cuando juegan en los parques.




    Pero no debemos dejar de subrayar que What's Your Level? no es solamente el juego de piezas modulares que se unen aleatoriamente. El espacio circundante es de vital importancia y transciende su condición de contexto arquitectónico. Fran Mohíno ha creado una sala cuadrangular que no es un mero ejercicio de panelado que acoge la obra sino que se erige en parte activa de la misma. Guarda este espacio una relación intensa con la estructura arquitectónica original del centro pero el artista ha operado un leve desplazamiento, un viraje sutil pero determinante que desarma completamente la percepción. Como en toda la obra de Mohíno, un pequeño gesto es capaz de alterar violentamente la experiencia, y no solo la del visitante: esta modificación pone en jaque la relación entre todas las partes del centro, que son visibles desde el espacio inferior como lo es éste desde todas las alturas del centro. A través del montaje, y de un modo subliminal, Fran Mohíno está poniendo a prueba la fortaleza anímica del espectador. Incomoda y sorprende el ritmo y la relación entre las obras y se imponen los espacios vacíos, de un blanco cegador, que, como los muros centrales, también abrazan una notable carga semántica. Significativamente tres de las imágenes de Sounds in your graden cuelgan, totalmente esquinadas, de los robustos machones de granito. Y al final del recorrido, cuando parece que la exposición termina, los espejos de X Numbers cierran el paso obligando al visitante a desandar lo andado, y a vivir la experiencia otra vez.




    Ya no es necesario decir que la pieza, en cualquiera de sus fases (no hay que olvidar que es una estructura versátil siempre susceptible de cambio), remite también a la idea que vertebra todo el trabajo de Fran Mohíno. Es una traslación al espacio de todo un sistema de relaciones y uniones en el que hay mucho de juego, enlazando así con la idea de la infancia, y también de construcción. Es necesario subrayar que la estructura está diseñada para que no pueda verse entera desde ningún lugar del espacio, algo que entronca con las leyendas fragmentarias que recorren las imágenes de Jogging In Your Garden, con aquéllas otras proyectadas sobre fotografías de columpios y balancines, con la imposibilidad de contemplar la imagen reflejada en los espejos de X Numbers de una forma integral y, en definitiva, con la idea general que hace de estos trabajos un conjunto profundo y coherente, sugerente y atractivo en su complejidad formal y conceptual: el sujeto individualizado, perplejo ante el devenir del inquietante mundo de hoy.



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