VER Y NO VER


Alfonso de la Torre

Voir. Ne plus
voir.
Trouver la trace.
L’oublier.
Faire. Défaire. Disparaître.
Finir la phrase
commencée.

Claude Esteban, « Le jour à peine écrit », en « Le nom et la demeure », Flammarion, 1985





    Compone Fran Mohino (Daimiel, 1966) su obra través del despliegue y la frecuentación de extrañas alianzas, realizando un viaje artístico que se desarrolla con naturalidad entre pureza e impureza, entre el ejercicio del concepto y el exceso de lo barroco, entre la reflexión y la piel.  Refiriendo la aparente ausencia del ser mas mencionándolo en tal permanente no-referirlo, cual ardiente absentia.

    También es frecuente en su quehacer el uso de la asociación de contrarios, una alianza no siempre exenta de cierta querencia perversa.  Así, ejemplo de pacto singular sucede con uno de los capítulos que compone su quehacer: el encuentro entre la naturaleza, la escritura con aire de poema visual y los resortes tecnológicos.   Escribo “extrañas alianzas” a sabiendas de las hondas resonancias del adjetivo, esto es, no solamente por tratarse de algo raro o singular, no frecuentado, mas también refiriendo el aspecto sugeridor de la inquietud que genera tal término, a sabiendas de que la extrañeza y la inquietud, son fuente de la que brota la desazón del verdadero arte, el que nos conmueve.  Lo sublime, ya visto por Kant o Schiller, era el goce contemplador mas también el desasosiego que surgía de lo que simplificando podría llamarse la inadecuación, al cabo la extrañeza no es otra cosa que el sentimiento de no hallarse uno en el lugar común.    Si a ello añadimos, en Mohíno, la utilización de ciertos temas de aire sacral en nuestra civilización tal son, además de la ya citada naturaleza, los territorios de la infancia o los delicados vericuetos que zigzaguean entre la intimidad y lo público, como sucede en su intervención en Sol, la singularidad de sus propuestas parecen entonces ser azotadas, también, por la provocación, otrosí por un cierto aire nihilista, una suerte de ensimismada reflexión, siempre con un aire de despojamiento, sobre las paradojas de la condición humana. Una condición sobre la que medita, no tanto disertando o estableciendo una tesis inapelable como subrayando las perplejidades, muchas veces desarrolladas estas en los escenarios tópicos del vivir, en el páramo agitado de la vida del individuo de nuestro tiempo, los lugares en los que se desarrolla nuestro existir.

    En definitiva, un mundo extraño cuyo objeto parece ser retratar la ausencia.  Revelando las contradicciones del mundo entorno, las obras de Mohíno parecen entonces evocar también el juego que se desarrolla en el teatro de las representaciones, el “play” del vivir.  Entre tanto, muchas de sus creaciones parecen haber sido compuestas por visiones de un aire fragmentario, mundo de interruptus con algo de las trazas del fragmento tras la explosión, frecuentador de aquellas alianzas lautrémontianas: los encuentros fortuitos entre elementos dispares que han embargado la modernidad y, en este punto, estoy pensando en ciertas imágenes de la instalación “What’s your level?” en el Museo Vostell, en las que la tecnología, en este caso varios ordenadores portátiles, se encontraban con multicolores sillas infantiles en un desolado ambiente con un aire de resaca-de-los-niños, espacio poblado de restos de envoltorios de caramelos y chuches varias. Recuerdos de infancia en series que muestran un Mohino confeso en otra especie de perplejidad de la conciencia, artista entonces revelado excéntrico, con una suerte de impecable permanente desazón, y estoy pensando en trabajos como “The Kid of the playpark and his girlfriend”.  Conjuntos de obras donde incide en esa suerte de desolación, -esa “voz inaudible”[1], en palabras del artista-, que embarga el individuo desde la infancia.

    Como bien conoce el artista, comencé a familiarizarme con su quehacer a partir de una pieza singular, “IPIMBASOPITMTMO”, de una de sus series, “Joggin in your garden”[2], realizada en 2005, que he incorporado a diversas exposiciones[3].  “IPIMBASOPITMTMO”, vindicando el guiño magrittiano, tenía bien justificada su presencia en un proyecto sobre “extrañezas” al que titulé “Ceci n’est pas une photographie”(2009)[4] y que refería la utilización, -podríamos escribir “impura”-, de la fotografía.  Adoramos a los artistas impuros: allí estaban los Carmen Calvo, Christo, Morimura, Rauschenberg, Charles Sandison o Tony Oursler, por citar algunos nombres de esa singular familia de artistas exilares, de declarados no-fotógrafos, de creadores que utlizan la fotografía o la imagen visual en general para deformarla, romperla, embadurnarla y, en definitiva, para ir más allá.   Acompañando a Mohino también estaba la obra de Vostell, ancestro de muchos conceptos del arte de nuestro tiempo y cuya pintura “Bunker TV”, incluyendo un presagiador televisor encendido[5] emitiendo impenitente electrones de niebla hacia la nada, hacía comprensible la ulterior hermandad, in absentia, de los dos creadores.

    La singularidad de la pieza citada de Mohíno, concebida desde una suerte de soporte fijo, lo que convencionalmente se llamaría una fotografía (una “no-fotografía” podríamos entonces escribir reiterando), donde se retrata un mundo de velada naturaleza sobre el que se proyectan unas letras viajeras, yendo y viniendo en sinuoso viaje por la silueta de los árboles, siempre ha establecido en mi reflexión un vínculo entre el quehacer de Mohino y el mundo romántico, tan de nuestro tiempo, mas también con la poesía visual, refiriendo los límites mas evocando la inteligencia en su mirada a lo natural.      Universo de letras danzarinas, simbolizado también en el ir y venir de “We did it again # 1” de la fachada de Sol, las de “IPIMBASOPITMTMO”, que he interpretado como émulas de las locuras guturales de Kurt Schwitters, de sus poemas sonoros. Algo de esa sonoridad descabellada, de esa lírica de las letras, del amor por la dispersión de las palabras, tan kleeiana también, estampida de cifras y letras, queda en buena parte de los títulos del quehacer de Mohino, títulos con algo de onomatopeya, de locura sónica, de espasmo titular.  De dedos que se hubieren desplazado una tecla, inocentemente, sobre el teclado de la escritura: “Shhh!”, “eFamC”, “TPSFYTRLPEVDC”, “TRSQTDEMMTY” o “NTDCTUOPNEA”.   Viaje curvilíneo de las letras luminosas en torno a paisajes o montañas, líneas de luz acariciando sinuosas árboles o rocas, como en el caso de la intervención “Suck It In”, realizada también para el Museo Vostell (2009).   En este ultimo caso reconstrucción de un nuevo escenario surreal, en el que la naturaleza ancestral parece haberse aliado, naturalmente, abrazada por la caricia de las letras y los signos del laser.    Juego de las letras, poemas viajeros en singular locura de la luz, encefalogramas cabalgando las copas de los árboles entre el verdor de la naturaleza, líneas sugeridoras del final, pareciere que sobrevolando la nada del desolador paisaje natural de los Barruecos.   Una naturaleza, la elegida por Mohíno, pareciere transida por un estado anímico, naturaleza poco objetiva, como corresponde al verdadero artista.

    Ese dislate de las letras es ejercido también en su intervención del edificio Sol, bajo el título: “We did it again # 1”, recorriendo imparable, yendo y viniendo por la fachada del edificio, fracturada a veces la frase por la presencia de los huecos de las ventanas.  Desatino imparable entre las palabras que ejerce Fran Mohino, letras pareciere que aliteradas con frecuencia, borrada su significación ya sea por la citada aliteración o por su descomposición y que comparte espacio con mensajes de honda estirpe romántica en los títulos expositivos, tal es el caso, pienso ahora, de “Who loves you dear?”, la exposición del artista, en 2008, en el CAB de Burgos.  Mensajes de intensidad inusitada, a veces de un aire pop o descarnado, insolente o de apariencia lúdica o procaz, que se enfrentan con el declarado rigor conceptual de su trabajo y que, al cabo, vuelven a incidir en esa aventura de las letras que embarga el quehacer de Mohino, pareciere que reivindicado desde las portadas de sus catálogos invadidas, abarrotadas, –palabras, palabras, que diría Michaux- de signos caligráficos.

    Llegados a este punto obviaremos la consabida cita a Rosenblum, recordando cómo la mirada sobre la naturaleza, “la ilimitada energía del paisaje”[6], la belleza convulsa del cosmos, no está, ni mucho menos, lejana del más hondo sentido moderno, y estoy pensando ahora, quizá por personal pasión, en la metafísica voz de Claude Esteban y clásicos suyos tal “La saison dévastée” o “Conjoncture du corps et du jardín”[7], llegados a mis manos en los mismos días en los que reflexionaba sobre el quehacer de Fran Mohino.  Un libro que Esteban comienza refiriendo el muy visual quevediano, el luminiscente “dejará la memoria, en donde ardía”.   Especialmente este título, el de “encuentro” o “conjunción” entre el cuerpo y el jardín me evocaba el quehacer de este artista visual tan aficionado a esa suerte de abrazo de la realidad.

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[1] Javier Díaz Guardiola, “Entrevista a Fran Mohino”, “ABC Cultural”, Madrid, 22/III/2008, pp. 34-35

[2] Galería EGAM, JOGGIN IN YOUR GARDEN – SOUNDS IN YOUR GARDEN, Madrid, 2 Junio-20 Julio 2006.

[3] “IPIMBASOPITMTMO”, (Serie “Joggin in your garden”), 2005, Proyección e impresión lightjet RC, aluminio y metacrilato siliconado124 x 167 cm. Colección Circa XX-Pilar Citoler.  Palacio de la Merced, EL OJO QUE VES, Córdoba, 18 Enero-18 Febrero 2007 y Café Moderno, Pontevedra, 16 Marzo-9 Junio 2007, il. col. p. 151. Fundación Antonio Pérez, NO HAY ARTE SIN OBSESIÓN, Cuenca, 9 Marzo-27 Mayo 2007 y Fundación Caixa Galicia, Ferrol, 22 Junio-9 Septiembre 2007, il. col. p. 313 y en programa de mano il. col. p. 27

[4] Teatro Cómico Principal, CECI N’EST PAS UNE PHOTOGRAPHIE (MODERNSTARTS-ARTE CONTEMPORÁNEO EN LA COLECCIÓN CIRCA XX-PILAR CITOLER), Córdoba, 17 Enero-29 Marzo 2009, il. col. p. 408

[5] Wolf VOSTELL, “Bunker T.V.”, 1990. Técnica mixta: pintura e impresión fotográfica, estaño, televisor y arena sobre lienzo encolado a madera. 127,5 x 92,5 (x 23 cm.) cm. Colección Circa XX-Pilar Citoler.

[6] Es sabido que la frase es de Robert Rosenblum (1927-2006) en “Lo sublime abstracto (“ARTnews59”, nº 10, Nueva York, II/1961, pp. 38-41).   Rosenblum fue el crítico que estableció contemporáneamente la conocida tesis que relacionaba el nacimiento de la abstracción pictórica con el espíritu del paisaje, muy en especial el paisaje del siglo XIX y la tradición romántica del norte de Europa y América.   Un viaje, el propuesto por Rosenblum, que partiría desde los hielos de Friedrich y concluiría con la pintura lunar de Gottlieb o los imponentes campos de color rothkiano.   Para Rosenblum, tan impreciso e irracional como los sentimientos que trataba de nombrar, lo sublime podía aplicarse tanto al arte como a la naturaleza: de hecho, una de sus expresiones capitales sería la pintura, la representación, de paisajes sublimes. Vid.:  Alfonso de la Torre, “La ilimitada energía del paisaje”, Monasterio de San Juan de la Peña, Gobierno de Aragón, 2008

[7] El primero escrito entre 1967 y 1973 y primera parte de “Terrres, travaux du cœur” (1979).  El segundo, publicado en 1983.







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